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HABITADA POR EL DUENDE

Publicado 2018-03-09 09:00:00 | Por Rocio Arias Hofman

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María José Arjona vive como se expresa a través del arte: con minuciosidad y precisión observa su entorno; analiza sus emociones y explora nuevas formas de resistencia física y mental.

El performance ocupa la vida de María José Arjona. La exploración constante de ese otro idioma que se habla en el arte contemporáneo la lleva a elaborar también una relación personal, muy honda, entre la moda y la creación artística.

Artículo escrito para la revista Fucsia. 

***

Un demi-plié tras otro en medio del silencio quebrado de repente por un par de martillos cercanos. Alineada frente a una extensa pared blanca, María José Arjona se desliza por una línea paralela invisible, marcada únicamente por el control que ella ejerce sobre el cuerpo. Sus piernas se flexionan y permiten ese movimiento tenue que la hace avanzar muy despacio, de lado, mientras sopla burbujas de anilina roja. Plop, plop, plop. Al estallar tiñen el muro y salpican indiscriminadamente color. Sobre el rostro de la artista colombiana el puntillismo repentino la vuelve pecosa y enmarca sus ojos, profundos como lagos verdes. Sobre la blusa y el pantalón delicadamente blancos, el rastro del líquido genera el mismo efecto inquietante que las manchas sobre la pared: ¿estamos hablando de muertos?

Es “Acuérdame de acordarme”, el mismo Remember to remember que ha teñido espacios en varias ciudades del mundo. Un performance que la mujer menuda de caderas afirmadas prepara para inaugurar una antología sobre su obra el mes de marzo en el Museo de Arte Moderno de Bogotá. Los extensos ciclos de trabajo (compuestos por casi treinta actividades performativas) que abarca María José Arjona (Bogotá, 1973) han sido esta vez también objeto de intensas conversaciones entre la artista y las dos curadoras que la acompañan, Claudia Segura y Jennifer Berries, con el fin de aterrizar una muestra que permita al público ver, conocer, participar, inquirir y acercarse a esa particular manera que tiene Arjona para expresarse.

 

Algo similar ocurrió con José Roca y Sylvia Suárez, autores del ensayo gráfico María José Arjona, el sonido del cuerpo que compone el volumen de la Colección de Arte Contemporáneo (Seguros Bolívar, 2017) dedicado en exclusiva a esta artista inclasificable. Ambos autores optaron por componer una interesante partitura de cuatro movimientos para relatarla.

Eso mismo le sucedió al equipo encargado por Fucsia para acometer esta primera producción fotográfica en la que María José Arjona posa ante una cámara y se viste para ella. La directora de arte, Sonia La Hoz, el diseñador de moda Jorge Duque y la fotógrafa Lisa Palomino discutieron arduamente el contenido estético y artístico seleccionado. La narración sobre la artista no es lineal porque ella misma transcurre en varios niveles simultáneamente.

            Me parecía fantástico no estar ubicada. Sabía que estaba viendo las cosas desde otro sitio. Siempre me ha interesado la diferencia. Me sentía muy encerrada de chiquita. Empecé a andar con alas de día y entendí el efecto que causa lo que tú vistes en la gente.

            Si María José Arjona fuera pez, las plumas serían sus escamas. Pero como a la que fuera bailarina y estudiante de arte el océano (con sus habitantes) le da miedo, sus pies tocan casi siempre tierra y elige del reino animal –al que aprendió a querer desde niña por influencia de su padre científico, investigador, nómada- ejemplares como el águila cuaresmera (para articular su serie Avistamiento en la que se presenta con un casco de cetrería, una chaqueta emplumada, guantes en forma de garras) o como el perro weimaraner “Valentina” (con quien comparte la vida cotidiana y que debe presenciar las piezas que componen el armario de su dueña: una piel de marta repentinamente cedida por una admiradora rusa; un corsé de cuero negro de Alexander Macqueen; gafas vintage; un vestido de baño Chanel de los años 50; botas mods de plataforma. Prendas negras en su mayoría, exquisitas adquisiciones obtenidas en Nueva York, su otro hogar donde ha vivido más de quince años, y en lugares del mundo donde su ojo certero halla la teatralidad que requiere para vestir).

Ante las personas que asisten a sus espectáculos donde combina diversas artes, Arjona derrocha una fuerza incontenible a través de la mirada; de gestos cadenciosos y repetidos concienzudamente durante extenuantes jornadas; de su cuerpo vestido para desafiar prejuicios y primeras percepciones.

El vestuario en el performance te está introduciendo a otro lugar. Tanto al público como al artista.

María José Arjona descubrió ese poder del vestido antes de comprender que su idioma sería el performance. Sucedió en los años 80, en pleno fragor de la violencia nacional y en Bogotá, de la mano del grupo que comandaba musicalmente Camilo Pombo y al que vestía la irrepetible Susana de Goenaga (Madame Crepé), Liz Bohórquez, Julieta Suárez, Angel Yañez y Hernán Zajar. Eran las fiestas “Delirio”, una suerte de despedida nocturna al mundo que tocaba vivir. Una exultante libertad que se manifestaba a través de la danza y la invención de un vestuario que se convertía en la primera piel de quienes lo portaban.

Ahí estaba Arjona –la menor de una familia clásica, tranquila y completamente ausente del mundo que esa hija incomprensible desbarataba por las noches para quizá poder mutar en lo que se convertiría años más tarde como mujer adulta-. Arjona vestida con pantalones de vinilo, portando un collar de perro alrededor de su cuello, una prenda en charol blanco apretando los huesos definidos de su cuerpo. Arjona siendo Nina Hagen, Arjona pudiendo ser Madonna. Bailando sin parar. Domando cuerpo, mente, tiempo y afecto.

Pero yo soy el tigre.

“Tigre” así fue bautizada la artista incipiente por un habitante de las calles del centro de Bogotá al comprobar la fiereza de esa mujer delgada como un pitillo para no dejarse robar. Volvió el tigre en un poema de Borges años más tarde. Otro animal, otro sustantivo que se resiste a desaparecer sin más. Sucede que ciertas palabras resuenan como un eco en esa concavidad plena que es María José Arjona.

Tigre, espacio, pausa, respiración, indefinible, memoria.

Una voluta de humo se escapa de los labios picassianos de la mujer que hace apenas unos minutos terminó de ejecutar uno de sus performances. Fuma para recuperar el tono vital. Fuma brevemente para aterrizar. Estuvo desnuda envuelta en una bolsa plástica; sentada durante horas interminables en una silla aupada en una pared; mantuvo un diamante escondido en su boca a la espera de quien lograra convencerla de entregárselo; acostó su cabeza en una jaula de pájaros; cantó “Je ne regrette rien” al unísono con el público.

En prendas blancas y descalza (Jerusalén, Berlín) como una enfermera que reparte placebos para dolores invisibles. Sin embargo, se viste de negro una y otra vez. Cuero, argollas, cintas, plataformas, enterizos, corsés, pantalones. Calcula sus movimientos en función de las texturas. Minimiza con rodilleras especiales impactos que pueden afectar aún más su quebrada rodilla derecha. El armario es ella. La moda es ella. Esa identidad estética definida que parece adquirir por derecho propio un tiquete hacia el futuro. Como si Arjona fuera parte de esa coreografía disruptiva con la que en enero de 2018, Moncler y Gucci acaban de demostrar en Milán que la moda es aquella posibilidad de correr la verja para asomarse al mundo de mañana de una manera “tan abstracta como útil” (Business of Fashion).

Jorge Duque es quizá una de las personas que mejor me conoce. Sabe cada milímetro de mi cuerpo. El es un artista, muy poético. Hablamos durante horas y ha concebido para mí objetos extraordinarios que me permiten desplazarme, por ejemplo, en un espacio de 15 centímetros, entre el suelo y un mar de botellas de vidrio durante horas. Nos conocemos desde 2015 y una de las cosas que más me gustaron fue el olor de su taller. Siempre huele diferente, eso lo asocio con la sensibilidad que tiene con el mundo. Nunca había tenido una relación semejante con un diseñador.

Seis gallinas ornamentales cacarean hasta posarse sobre la blusa de organza rojo encendido que María José Arjona luce en el editorial de moda que acompaña este texto. Las pestañas de la artista sostienen extensiones de plumas. Las aves, aquí de nuevo. Es Avistamiento en un contexto insólito para la artista: no hay público con el que interactuar. Tan solo el lente de una cámara ávida por detener el instante en que la prenda de Jorge Duque se apropia del cuerpo de la performer. María José Arjona prefiere callar y obedecer. No obstante, el autocontrol que forma parte de su personalidad cincelada por el oficio al que se entrega a diario domina el ambiente del estudio donde se toman las fotografías.

Me fascina estar sobrevestida –como siempre me dice mi mamá-. Me gusta la situación del disfraz. Son cosas que hago con gente muy amiga. Me gusta hacer algo que no tengo del todo claro de qué se trata.

Huellas circulares sobre su espalda. Un leve tul separa la piel de Arjona de unos vasos en los que nadan unos pequeños peces rojos. Acostada, la mirada fija en el techo, su nariz perfilada como un ave al acecho. Los dedos de las manos, sin embargo, dóciles como si acabara de pintarlos Botticelli. Aquí se resuelven varios trabajos de la artista para la mirada del lector de una publicación de moda.

¿Qué es el performance puesto que esta imagen técnicamente no lo es?, ¿Qué dirección le da a su obra esta artista colombiana que ha tejido una relación profesional con Marina Abramovic, la maestra de esta disciplina?

Siempre que hago algo con el cuerpo me siento muy viva. Y todo lo que afirme en mí la vida, eso es lo que quiero hacer. Los gestos en un performance producen conocimiento. Es un proceso, un experimento. Se adquiere un campo de interpretación distinto al presenciarlo.

María José Arjona porta lucidez y elocuencia con una sobriedad parecida a la blusa negra de lunares blancos que viste en uno de nuestros encuentros. Los razonamientos son en ella un torrente que cae secuencialmente de manera ordenada sobre una letra menuda y pulcra en las hojas de varios cuadernos, con una voz firme y unos gestos moldeados por la danza contemporánea.

Sí, María José Arjona tiene duende, eso que en el flamenco llaman el sentimiento del artista convertido en puro arte. 

*Originalmente publicado en la revista Fucsia.

Septiembre

19

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Esta compañía tiene su sede en Bogotá -"la ciudad asentada sobre una silla verde"- tal como alude el escritor Germán Arciniégas a las montañas orientales que la resguardan.

ROCIO ARIAS HOFMAN es politóloga y periodista en radio, prensa, televisión y medios digitales. Nace en Madrid y vive en Colombia desde 1994. Es CEO de SillaVerde, compañía que cuenta con un equipo de jóvenes investigadoras -Verónica Santamaría y Valentina Agudelo- afines al diseño sostenible, a la lectura y al marketing digital.

PORTAFOLIO DE SERVICIOS:

1. Investigación periodística sobre la industria de la moda y elaboración de contenidos editoriales propios para esta revista digital, el podcast Talking Closet, la serie audiovisual La Vida Animada y la cuenta @sillaverde en Instagram.

2. Consultoría sobre Tradición Artesanal y Sostenibilidad: para el 

- Programa de Moda y Joyería de Artesanías de Colombia y de la plataforma comercial MODA VIVA (desde 2015)

- Dirección y creación del ciclo de debates MODA 360 -especializados en sostenibilidad de la industria- para la Cámara de Comercio de Bogotá (2015-2019) y la franja de conocimiento de Bogotá Fashion Week (2018 y 2019) 

3. Servicios periodísticos y editoriales:

- Dirección editorial de la revista impresa La Malpensante Moda  (mayo 2020) con la Fundación Malpensante

- Publicación de colaboraciones en El Espectador, El Malpensante, Fucsia, Diners y Vogue Latinoamérica

- Concepeción y participación en conversaciones, foros y actividades académicas 

 

 

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