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La Malpensante Moda

La Malpensante Moda, portada de la edición 2020. Joan Juliet Buck, escritora y actriz norteamericana en la portada fotografiada por Ruven Afanador.

LA MALPENSANTE MODA 2021

Ojalá deseen tenerla ante sus ojos y en sus manos. Nos haría muy felices a un equipo de 57 personas. Honramos la moda colombiana y el buen hacer editorial. Una revista impresa para acompañarles largo tiempo y en cualquier lugar. Son 128 páginas y pesa 250 gramos.

MODA + ARTESANÍA

Aquí está un repertorio cuidadosamente escogido de marcas colombianas que apuestan desde el diseño contemporáneo por la tradición artesanal y el esfuerzo productivo en colaboración con comunidades en el país

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Serie de entrevistas en esta revista digital y en @sillaverde Instagram sobre Artesanía & Diseño en el siglo XXI.

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La moda no se vende sola

Publicado 2014-07-12 00:00:00 | Por Rocio Arias Hofman

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La autora de este medio de comunicación digital sobre moda en Colombia, Rocio Arias Hofman. Foto, cortesía de Allaeddin Twebti.

¿Por qué son insuficientes los compradores colombianos de moda creada por diseñadores nacionales? La pregunta bien se podría responder con el propio título de esta columna de opinión. Sin embargo, conviene indagar en las razones que provocan esta afirmación.  

 El Mundial en Brasil no logró alborotar la pasión de la que carezco para el fútbol –de manera que salvo la responsabilidad ante este deporte y sus millones de aficionados- pero sí cautivó mi atención por momentos. Sobre todo, cuando se trataba de la celebración de los goles logrados por los hombres de Pékerman. Con cada tanto marcado por los colombianos en el arco, ardía Troya. Dicen los entendidos que es porque hacía dieciséis años que la selección no iba a una Copa Mundo o porque nunca se había contado con unos jugadores semejantes integrados por un técnico como el argentino elegante y contenido que los dirige.

Sin embargo, me temo que la conmoción que causaba cada gol se debía, según mi profano modo de ver, a que casi nadie en el país creía que aquellos tipos vestidos de camiseta amarilla o roja fueran colombianos. Tanto su poderoso juego en equipo como el brillo enceguecedor del juego individual de un James, por ejemplo, producían estupor. Algo así como: Pero, ¿de dónde ha salido este?, ¿dónde estábamos que no nos habíamos dado cuenta lo que saben de fútbol estos tipos? Esa reacción de incredulidad la he visto enseguida cubierta por harina, cantos, pitos y fabulosos abrazos entre desconocidos. Para pensar en ella tengo que quitarle justamente el alegre exceso, la emoción descosida, el triunfo alborotado. Y ahí es cuando comienzo a halar la pita para llevarla hasta un territorio, el de la moda, que es algo así como mi hábitat natural y cotidiano, el que sí despierta en mí un interés permanente y de muchas cabezas que se agitan enviándome mensajes.

Ese rostro de ojos abiertos de par en par y la palabra ahogada que muestra la hinchada futbolera, la encuentro a diario entre muchas personas quienes, a la hora de decidir qué comprar para vestirse, pasan por alto la posibilidad de hacerlo con prendas creadas por diseñadores colombianos. Simplemente no figura en su mapa la opción de considerar muy bueno en términos de calidad y diseño una pieza concebida y producida en un taller nacional. Se suelen preferir las posibilidades de reconocidos diseñadores y marcas internacionales. Ni siquiera la decisión se debe al precio. Como se ignora, en general, lo que están haciendo los diseñadores en Colombia, tampoco se sabe siquiera en qué rango de valores anda el mercado local. Sin embargo, constato durante las “rutas de moda” que hago semanalmente a talleres, almacenes y show-rooms de los creadores cómo mis acompañantes no esconden su asombro y cómo pasan frecuentemente de la perplejidad al entusiasmo por el trabajo que van observando. En los foros abiertos ante el público, cuando la conversación gira en torno a quienes practican este oficio con la aguja, muy pocos y variados nombres salen a relucir. Como si los diseñadores en Colombia estuvieran tapizados por la invisibilidad. Como si cincuenta años de casas de moda y talento fueran una anécdota en lugar de un punto de referencia para un sector pujante de la economía, como lo indica la evolución de las cifras de consumo de moda que contabiliza la agencia Raddar.

Las universidades están ahora, poco a poco, comprendiendo la importancia de un fenómeno como la moda que se encuentra ubicado entre lo artístico y lo comercial, capaz de relatar en múltiples claves una sociedad en particular. Porque somos también moda, al fin y al cabo. Desde que el vestido fue adorno y luego libró la batalla por la secularización, el acto de portar unas prendas se convirtió en una manera individual de estar en el mundo.

¿Cómo explicar sino la aterradora escena que describe Virginia Woolf en el rarísimo ejemplar de La señora Dalloway recibe cuando Mabel, protagonista del cuento “El vestido nuevo” revela quiénes somos mediante la moda? Dice así: “Miró de frente al espejo; se retocó el hombro izquierdo; se adentró en el salón, sintiendo como si de todos lados arrojaran lanzas sobre su vestido amarillo”.

En Colombia, contamos con magníficas propuestas para vestirnos, para ser y convivir. Sin embargo, un cóctel de falta de información –con pocos medios comprometidos en la publicación de temas sobre moda- y la escasa oferta de canales de compra hacia el público (no existen, por ejemplo, distritos artísticos especiales donde la moda se acerca en las ciudades); con esta “incredulidad histórica” sobre la capacidad del talento nacional, a la que se suma la indiferencia recurrente mostrada por las políticas públicas frente a esta práctica artística y empresarial, hacen que me encuentre deseando un Mundial de la Moda en el que la Selección Colombia de Diseñadores meta tantos goles a sus contrincantes que cualquiera, hasta una mala hincha como yo, decida que es hora de creer en nuestro talento. Y sin discurso patriotero, apenas con las verdades de un oficio.

 Para al final, poder susurrar esta frase con la que la escritora británica Viriginia Woolf atenaza a la desdichada Mabel, su personaje: “… abandonándose a una orgía de amor propio, que merecía severo castigo, y que lo tuvo al vestirse de aquella manera”.

Publicado como columna de opinión en la edición de julio de 2014 de la revista Diners.

 

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Esta compañía tiene su sede en Bogotá -"la ciudad asentada sobre una silla verde"- tal como alude el escritor Germán Arciniégas a las montañas orientales que la resguardan.

ROCIO ARIAS HOFMAN es politóloga y periodista en radio, prensa, televisión y medios digitales. Nace en Madrid y vive en Colombia desde 1994.

Consultora del Programa de Moda y Joyería de Artesanías de Colombia (2015-2022) y cofundadora de la plataforma comercial MODA VIVA. Dirige el ciclo de debates MODA 360 de la Cámara de Comercio de Bogotá (2015-2019) y la franja de conocimiento de Bogotá Fashion Week (2018, 2019 y 2022). Ha sido colaboradora de El Espectador, El Malpensante, Fucsia, Diners y Vogue Latinoamérica.

2012: Revista digital sentadaensusillaverde.com / 2016: Fundación de SILLAVERDE SAS / 2017: Estreno de LA VIDA ANIMADA en Youtube en alianza con Expor Mannequins. / 2018: Podcast TALKING CLOSET en alianza con Akorde. / Desde 2019: Asesorías para la creación de contenidos editoriales y elaboración de narrativas de moda para clientes del sector privado. / 2020-2021-2022: Publicación de la revista impresa anual La Malpensante Moda en coproducción editorial con Fundación Malpensante. / Desde 2021: Realización de la serie de entrevistas AL HILO  por IGLive SillaVerde y publicación de la columna "Las pinzas de la langosta"

SillaVerde cuenta con un equipo de investigación, producción ejecutiva de proyectos, producción de editoriales de moda y diseño gráfico.

 

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